La noche que sienta al viento a un lado de la hoguera observando la forma en que se extingue,
clamando compañía pero dejándolo escapar esperando su regreso; la noche con su moño de luna y maquillaje de estrellas lo observa sin reproche y al punto de verlo extinto sorprende al viento con su mano y un beso de peluche.
Acto seguido, la mano esquiva las cenizas que el viento dejó sin quejarse, vaya sorpresa al no encontrar su mano en respuesta. El viento se ha hecho amante de la hoguera, que incendia de forma extraña, que lo quema y lo extingue, pero lo calienta, la hoguera convierte al viento, lo hace suyo, lo hace quemar y la noche celosa y algo aparatosa, arrepentida se da cuenta de la imprudencia; se quita el moño y lo coloca en el cielo, se desmaquilla las estrellas, se levanta, sopla a la hoguera y ésta enciende más; Así que la noche con medio respiro y con poco aire en sus pulmones corre a la cocina y llena un par de vasos con agua, regresa y apaga la hoguera. La noche se sienta, se arrepiente de no haber apartado al viento, de no haberlo tomado con cuidado, de olvidarse que sin él no respira. y en su lastimosa espera, no toma aire hasta que el viento aparezca.
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